Los libros del verano
 
Agustín HERNANDORENA
 

En diciembre empezás a mirar la biblioteca (o ese autónomo rejunte de lomos) con la certeza de hacer un posible recorte, como si en enero me tengo que leer los libros que no pude leer en el año. Ya en esa expectativa subyace algo medio boludo y hasta sintomático, como si en treinta días voy a hacer lo que no en trescientos sesenta. No obstante, resulta inevitable. Elijo un par y los libero del montón. Selecciono, además, señaladores. Y espacios de lectura, claro.

Arranco con el que me trajo Papá Noel. No creo en el gordo, pero el gordo viene igual. Es uno de Kurt Vonnegut, Cuna de gato, una impecable edición de La bestia equilátera. En la tapa, una ilustración de Liniers (el tipo está medio de moda, tiene programa de tele, aparece en los videos de Kevin Johansen, lo invitan a todos lados…) que va de punta a punta y en la que a Kurt le explota la sabiola. Definitivamente, es un libro que invita a armarse una gancia y devorarlo. Arranco en la cama paraguaya que, al colocarla, quedó medio tiesa; por eso, al echarte, quedás como intentando hacer una abdominal después de un cordero. Pero la incomodidad se suple con la lectura.

El libro es un delirio total pero mantiene una coherencia que da miedo. Un tipo que no sabe ni cómo se llama empieza una investigación que tiene como protagonista a uno de los “creadores” de la bomba atómica de Hiroshima, pero también la idea es reponer qué estaban haciendo ese día cada uno de los miembros de la familia del científico, sus compañeros de trabajo, comprender la personalidad del hombre que le habría puesto fin al mundo… John o Jonás, como nos guste, una especie de periodista, una especie de investigador privado, comienza un recorrido zigzagueante hacia la verdad, hacia la búsqueda del “Hielo nueve”, un hallazgo científico insuperable; y termina en una fantástica isla caribeña, San Lorenzo, convirtiéndose al bokononismo, una religión irrisoria y absurda. El hombre que desconoce su identidad se convierte, como en un paso de comedia, en dictador de la isla y se enamora de la diosa del amor. Y yo preguntándome, ya en la reposera, al lado de las plantas: ¿cómo llegó hasta ahí?... Cómo puede estar delirando tanto y creando, a la vez, una atmósfera tan real como la manguera que echa agua al cantero del fondo de mi casa. Vonnegut posee una pericia única para sostener un hilo narrativo delgadísimo en el medio de un vendaval, el que su propio mundo literario produce.

Entonces: de la cama paraguaya, a la reposera, pasando por ratos de cama y ventilador de frente, esquivando el griterío de la vecindad: ¿cómo entrar al mundo Vonnegut mientras una madre regaña a su hija en referencia a la considerable cantidad de asignaturas pendientes para febrero, al grito de la puta que te parió, es lo único que tenés que hacer y te rascás las tetas un año

Los tiempos de verano, también, suponen un cambio de espacio. Decidimos ir a la playa, una semana. Armo la mochila: entran Con la esperanza entre los dientes de John Berger y Marxismo y literatura de Raymond Williams. El primero lo encontré en la disposición bacana de la librería que lleva el inglés nombre de Enrique frente a la plaza principal, una tarde de minuciosa búsqueda. Su costo es de $109 y vale la pena. Lo aseguro. Berger es un apellido de esos que surgen en las clases universitarias de Zaina, Emilio. El segundo es un obsequio del amigo fraternal, Guillermo Graton, durante mi última visita a Buenos Aires. Incluso lleva su dedicatoria hasta con simbología china (desconozco su significado, pero hay cosas que a los amigos no se les pregunta). Es una edición de Las Cuarenta y tiene la inmejorable traducción del crédito local Guillermo David. Sin embargo, sabía, a este no lo iba a agarrar. Williams es un tipo para agarrarlo con pico y pala o, al menos, con lápiz y sobre una mesa. Los campings y las playas posmodernas no son aptas para el marxismo.

Berger es un tipo que uno no sabe muy bien qué hace, que es lo que tiene, pero fascina, eso sí. Con la esperanza entre los dientes es una recopilación de sus columnas publicadas en un periódico inglés y van desde sus preocupaciones respecto al lenguaje y su relación con la cultura, los materiales de la cultura, hasta sus experiencias en Medio Oriente. El tópico “conflicto en Medio Oriente”, nos enfrenta, a nosotros argentinos, al concepto de violencia, al reduccionismo simplista de que es un espacio inhabitable, hostil, el mundo del mal. Berger, viajero, turista involucrado en la franja del comprender lo que realmente sucede y con un decir exquisito reconstruye lo que se puede con los escombros y desvía la mirada a los grandes imperios económicos del mundo y cómo estos forman una visión del universo atada a sus intereses comerciales, en que el estado de violencia es una bala directa al corazón del resto del planeta.

Seguir a Berger sentado en una reposera, pero ahora en la playa, en medio de partidos de tejo, ofertas de churros, rosquitas, gaseosas, juguetes, choclos enmantecados y bijouterie es como pararse en la franja de Gaza a hacer el bailecito de YMCA con una remera de “I love NY”: suicida. Porque cuando intentás comprender el carozo del complejo entramado sociocultural al que te está sometiendo la reflexión de Berger que va más allá de la mirada de un cronista, porque tiene la visceral contemplación, además, del intelectual comprometido, un pibe le da mal con el empeine y la pelotita te da en la espalda, dos imbéciles que nunca agarraron una paleta (como yo un Vonnegut) durante el año, practican con vos de red y un tipo te vende al oído una paellera a $70. Ahí la lectura se entrecorta. Las gotas de la frente van cayendo a las páginas y se agrandan las letras. Es momento de un chapuzón y salida.

Para leer a Berger hay que tener la biblioteca en la cabeza y en su defecto, Internet. Hay que reponer las innumerables conexiones con el arte universal que va haciendo. Yo busco las pinturas de Francis Bacon y la pantalla del teléfono no me permite ver sino en partes cada una de las pinturas, mientras el cuerpo casi desnudo de una señorita se acuesta sobre la arena. Cerrar ventana, cerrar pestañas.

Al libro de Williams lo encaré con la certeza de que no era apropiado. Otra tarde de playa. Raymond, porque todo el mundo adora a Raymond, relata sus aproximaciones al estudio del marxismo y su vinculación con la literatura. En el prólogo reconstruye el sendero hasta llegar a semejante estudio. No se anima a decirlo, pero lo da a entender: no se puede con él en la playa. Es necesario ponerlo sobre la mesa, anotar en sus márgenes, armar cuadros, hacer flechas. Le discuto a Raymond: el mundo de la playa es un lugar ideal para entender el materialismo histórico. La oferta iguala a la demanda, todos tienen una rosca en la mano, un churro, un sanguche de milanesa, un choclo, una coca, una torta frita, un barrilete fashion, un balde y una palita.

Un señor bien cheto de unos cincuenta, prolijamente quemado, trabado por todos lados, con el cuerpo grafiteado, completa la foto familiar con una esposa acorde y dos hijas esculpidas, juega al tejo y evidencia una posición socioeconómica extravagante. No obstante este perfil, no puedo evitar observarlo bien parecido al periodista (ex militante de Montoneros) Eduardo Anguita. No puede ser. Uno nunca termina de conocer a la gente. Ya pienso en acercarme, pedir una foto y decirle que estoy leyendo al bueno de Williams: más boludo imposible. Sin embargo, la duda se disipa. Se sientan en ronda y recuerdan pasajes de un programa de Lanata, ríen como hienas y lanzan improperios contra Cristina. Creo que este Eduardo no debe conocer al bueno de Raymond.

Me arrepiento de no haber traído Meditación en la costa de Eduardo Mallea, la edición de 17grises editora, que me gané en el programa de Omar Zarza. Sin embrago, medito en la costa sobre cómo se lee, dónde se lee y no puedo evitar relacionar las lecturas con un fin: ¿qué voy a hacer con esto? Observo el mar y pienso que Marxismo y literatura hay que leerlo mientras se hace la plancha.
Vamos a ver.