El acto de pensar el pensamiento
 
Diego VDOVICHENKO
 
Hace unos días estaba sentado en una feria de libros cuando se me acercó una persona con la certeza de que nos conociamos de hace un tiempo, que nos habíamos visto en tal lugar y que yo había dicho tal y tal cosa. Definitivamente se acordaba de la situación. Intenté buscarme en ese mundo que me narraba donde todo parecía ser absolutamente cierto, salvo un detalle, yo no recordaba nada de lo que me estaba diciendo. En una de las últimas novelas de César Aira se plantea una situación similar. Me refiero a El marmol reeditada por la Bestia Equilatera durante el 2011. La novela comienza con una visión…

Cuando me bajé los pantalones incliné la cabeza y miré mis piernas, los genitales, los muslos, un conjunto tridimensional, sólido, algo levantado por presión de la superficie sobre la que estaba sentado. La visión tuvo algo de sorpresa, de gratificación. No es que me hubiera olvidado de la existencia de mi cuerpo, ni que la hubiera negado. Pero no la había tenido presente en todo el día, y quizás hacía varios días que no la llevaba a la conciencia, ocupada en problemas, obligaciones, distracciones, en todas las tareas grandes o pequeñas a que nos obliga lo cotidiano. Y de pronto…

Desde ese momento el protagonista intentará reconstruir qué fue lo que lo motivó a estar sentado sobre un mármol, en un parque con los pantalones bajos.

El tejido que propondrá Aira en esta novela se moverá a través de los recuerdos, como una cuenta regresiva de imágenes y sucesos que lo llevarán a resolver este enigma. Con la consigna de que los recuerdos funcionarán siempre y cuando se los olvide.

El olvido como reconstrucción le permitirá a Aira moverse por los planos de lo que fue y no es, y lo que fue y pudo llegar a ser. Se tratará de comenzar a reconstruir a través de aquello que no se puede ver, recordar.

Nadie tiene la capacidad de elegir qué recordar ni cómo y esto es lo que hará más rica la novela. La historia se verá reflejada por las caras del azar que devienen como recuerdos y obligan al narrador a dejarse llevar, a ser lo que la suerte y el caos (que parecieran ser la misma cosa) le propongan y de esta manera inventarle una función al recuerdo.

El azar será utilizado como motor donde la imaginación del personaje le servirá de combustible en este continuo narrativo que se encargará de concatenar aquella serie de sucesos que no pueden comprenderse aisladamente sino como un todo. Porque a la literatura de Aira hay que leerla en esa clave. No solo tener presente de que lo que se cuenta es real, verídico, sino que también es parte de un todo caótico donde las propias leyes internas se encargarán de encadenar, solidificar y explicar aquellos sucesos que son provistos por la observación del autor y de sus personajes.

Me gusta creerle a las novelas de Aira, leerlas así, como las peliculas esas que empiezan con la leyenda "basado en una historia real". En El marmol los hechos se irán hilvanando en el tejido de la narración y harán que la novela se vuelva cíclica, generando un punch en el lector, de manera que en el final se retome el comienzo como un "ah!, ya me acordé".